Él haría lo que fuese para conquistar el corazón de la mujer a la que
ama.
¿Cómo era el conde Drácula? ¿Fue un depredador salvaje, un caballero
maligno, un símbolo de lo prohibido? En esta novela, Syrie James lo muestra
de un modo totalmente nuevo: es joven, apuesto, caballeroso y muy
inteligente. Es un vampiro, sí, pero un vampiro con corazón y con alma, un
tipo en lucha perpetua contra el mal que se esconde en su interior, y cuyos
actos del pasado han sido malinterpretados.
A partir de los diarios secretos de Mina Harker, veremos el verdadero rostro
del vampiro: un ser fascinante que arrastra a Mina a un romance
tempestuoso, a un completo despertar sexual. Ella deberá decidir si rompe
junto al conde todos sus tabúes o si se somete a la moral puritana que
encarna Jonathan Harker, su marido.
Drácula, mi amor nos hace testigos privilegiados de una aventura romántica
que proporciona las piezas que faltaban en la novela original de Bram Stoker.
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Syrie James
Drácula, mi amor
El diario secreto de Mina Harker
ePub r1.0
fenikz 04.03.14
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Título original: Dracula, My Love
Syrie James, 2010
Traducción: Nieves Calvino Gutiérrez
Editor digital: fenikz
ePub base r1.0
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Para mi hijo Ryan Michael James,
que despertó mi interés por los vampiros
y que es un mago por derecho propio.
Y a la memoria de mi brillante y amado
padre, Morton Michael Astrahan, que solía
emocionarme con cuentos para dormir que
siempre acababan con un momento de tensión…
y que me animó a perseguir mis sueños
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Agradecimientos
Mi eterna gratitud a Bram Stoker, cuyo Drácula se ha convertido en leyenda y cuya
obra ha inspirado un nuevo género de ficción. Doy las gracias a mi agente, Tamar
Rydzinski, por insistirme para que descubriera un modo de volver a contar Drácula
desde el punto de vista de Mina; este libro no existiría sin ti. Gracias a mi hijo Ryan
por mostrarme la magia y lo maravilloso de los vampiros de antaño, y por todas sus
notas y perspicaces comentarios durante el proceso.
Estoy en deuda con Leslie Klinger por su detallada obra The New Annotated
Dracula, que se convirtió en mi biblia, y a The Dracula Tape de Fred Saberhagen,
que redime a Drácula revelando de manera inteligente la verdad que se esconde tras
muchas de sus pasadas fechorías.
Doy las gracias con mucho cariño a mi marido Bill, por sobrellevar mi obsesión
con todo lo relacionado con Drácula con tan buen humor y gentileza y por su
emocionante y extasiada respuesta al leer el primer borrador. Gracias a mi suegra,
Mary James, por compartir todos y cada uno de los párrafos de su propio diario (ya
sabes cuál). A Lucia Macro, a Esi Sogah, a Christine Maddalena y a todo el equipo de
HarperCollins, que tanto trabajan todos los días, y que respondieron con entusiasmo a
este proyecto cuando no era más que una espiral de vapor sobre la página.
Y lo más importante, mi más sentido agradecimiento a mis lectores. Investigar,
tramar, imaginar y escribir esta novela ha sido una de las mayores aventuras de mi
vida. Espero que lo paséis tan bien leyéndola como yo redactándola. ¡Disfrutad del
viaje!
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H
Prólogo
1897
an pasado siete largos años desde la primera noche en que él me visitó en
mi dormitorio, siete largos años desde que tuvo lugar la cadena de
inquietantes, inolvidables y peligrosos eventos; eventos que, estoy segura,
nadie más creerá, aunque nos cuidamos de anotarlos de forma
escrupulosa. Son aquellas transcripciones de nuestros diarios —el mío y el de otros—
las que miro de vez en cuando para recordarme que todo sucedió de verdad y que no
fue tan solo un sueño.
En ocasiones, cuando atisbo niebla blanca levantándose en el jardín, cuando una
sombra cruza una pared en la noche o cuando veo motas de polvo arremolinándose en
un rayo de luna, me sorprendo sobresaltándome presa de la expectación y de la
inquietud. Jonathan me aprieta la mano y me mira en silencio con expresión
tranquilizadora, como si quisiera hacerme saber que lo comprende, que estamos a
salvo. Pero cuando vuelve junto a la chimenea para reanudar su lectura, mi corazón
continúa martilleando dentro de mi pecho y me invade no solo la aprensión de que
Jonathan sepa lo que siento, sino otra sensación… el anhelo.
Sí, el anhelo.
El registro que llevaba —el diario que escribí en taquigrafía con tanto esmero y
luego mecanografié para que pudieran leerlo los demás— no revelaba toda la verdad;
no mi verdad. Algunos pensamientos y experiencias son demasiado íntimos para que
otros los conozcan, y algunos deseos demasiado escandalosos para admitirlos, ni
siquiera ante mí misma. Si se lo revelase todo a Jonathan sé que lo perdería para
siempre, del mismo modo que perdería la buena opinión que la sociedad tiene de mí.
Sé lo que mi marido desea, lo que desean todos los hombres. Para que una mujer,
soltera o casada, sea amada y respetada, debe ser inocente: pura de mente, cuerpo y
alma. Yo lo fui una vez, hasta que él entró en mi vida. A veces le temía. Otras le
deseaba. Y, en ocasiones, le despreciaba. Y sin embargo, aun sabiendo lo que era y lo
que anhelaba, no podía evitar amarle.
Jamás olvidaré la magia de su abrazo, el irresistible magnetismo de sus ojos
cuando me miraba o cómo era girar en la pista de baile entre sus brazos. Me
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estremezco de gozo cuando recuerdo la embriagadora sensación de viajar con él a la
velocidad de la luz y el modo en que me hacía jadear con inimaginable placer y deseo
con solo rozarme. Pero lo más asombroso fueron las interminables horas que pasamos
conversando, esos momentos robados en los que desnudamos mutuamente nuestro
ser más íntimo y descubrimos todo cuanto teníamos en común.
Le amaba. Le amaba apasionada y profundamente, desde lo más recóndito de mi
alma y con cada latido de mi corazón. Hubo un tiempo en el que podría haber
renunciado, sin pensarlo dos veces, a esta vida humana para estar a su lado para
siempre.
Y sin embargo…
La verdad de lo que sucedió ha pesado sobre mi conciencia durante todos estos
años privándome del placer de las cosas cotidianas, despojándome del apetito y
negándome el sueño. No puedo seguir cargando con la culpa que me consume. He de
plasmarlo todo en papel, que nunca habrán de ver otros ojos, pero estoy segura de que
solo escribiéndolo seré al fin libre para olvidar.
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C
1
uando me apeé del tren en Whitby, aquella soleada tarde de julio de
1890, ignoraba por completo que mi vida, y las de aquellos que conocía
y amaba, pronto estarían sometidas a peligros que nos cambiarían para
siempre a todos los que sobrevivimos. Al poner el pie en el andén de la
estación aquel día no sentí un repentino escalofrío, ni tuve un extraño presentimiento
que me avisara de los acontecimientos que estaban a punto de suceder. De hecho, no
hubo nada que me indicase que aquellas vacaciones junto al mar fueran a ser distintas
de las agradables estancias que las habían precedido.
Tenía veintidós años. Acababa de abandonar mi empleo como profesora, después
de cuatro felices años, con el fin de prepararme para mi inminente matrimonio. Pese a
que me preocupaba profundamente que mi prometido, Jonathan Harker, no hubiera
regresado aún de su viaje de negocios en Transilvania, me sentía dichosa por la
posibilidad de pasar el siguiente par de meses con mi mejor amiga, hablando sin
restricciones y construyendo castillos en el aire.
Divisé a Lucy en el andén, más bonita que nunca en aquel traje blanco de lino, los
negros rizos asomando de forma recatada bajo el elegante sombrero adornado con
flores, y buscándome entre la multitud. Nuestras miradas se encontraron y se le
iluminó el rostro.
—¡Mina! —exclamó Lucy, y ambas corrimos al encuentro de la otra.
—¡Cuánto te he echado de menos! —respondí abrazándola—. Parece que hubiera
pasado un año, y no meses, desde la última vez que nos vimos. Han sucedido tantas
cosas.
—Yo siento lo mismo. La pasada primavera las dos éramos mujeres sin
compromiso. Y ahora…
—¡… estamos prometidas! —Sonreímos alegres y nos abrazamos de nuevo.
Lucy Westenra y yo éramos amigas desde el día en que nos conocimos en el
colegio Upton Hall, cuando ella tenía doce años y yo catorce. A pesar de que
proveníamos de clases sociales distintas —Lucy tenía unos padres afectuosos y
acaudalados que la adoraban en tanto que yo no conocí a los míos y solo recibí una
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buena educación por cortesía de una beca—, nos hicimos inseparables.
Éramos un compendio de contrastes: yo tenía mejillas rosadas, ojos verdes,
cabello rubio y estatura media, cualidades que los demás parecían considerar
atractivas; mientras que Lucy era una belleza deslumbrante, de figura perfecta,
menuda, con unos brillantes ojos azules, tez marfileña y una masa de impresionantes
rizos castaño oscuro. A Lucy le encantaba montar a caballo y jugar al tenis, mientras
que yo siempre me he sentido más feliz con la nariz metida en un libro; aunque
teníamos otras cosas en común.
Durante nuestros años de estudiantes dormimos, jugamos y estudiamos juntas,
dimos largos paseos, reímos y lloramos y nos contamos secretos. Dado que yo no
tenía un verdadero hogar al que regresar cuando acababan las clases, con frecuencia,
y sumamente agradecida, pasé las vacaciones con la familia de Lucy; bien en su casa
de Londres, en el campo o en cualquier centro turístico costero que llamara la
atención de la señora Westenra. Cuando más tarde me convertí en maestra en el
mismo colegio en el que habíamos estudiado, nuestra amistad continuó
inquebrantable; cuando Lucy se graduó y regresó a Londres con su madre viuda, nos
mantuvimos constantemente en contacto mediante frecuentes cartas y visitas.
—¿Dónde está tu madre? —le pregunté buscando a la señora Westenra con la
vista.
—Ha vuelto a nuestra casa de huéspedes para descansar. ¿Qué te parecen mi
vestido y mi sombrero de paseo nuevos? Mamá insiste en que es la última moda en la
costa, pero ha montado tal alboroto que ya me he aburrido.
Aseguré a Lucy que su vestido era precioso y que el único motivo por el que
encontraba aburrida la moda era porque nunca había tenido impedimentos para
seguirla.
—Si tuvieras solo cuatro vestidos y dos capas en tu haber, Lucy, codiciarías las
prendas que ahora desdeñas.
—De lo que careces en cantidad, querida Mina, lo compensas en calidad; siempre
tienes un aspecto dulce y favorecedor. ¡Me encanta tu traje de verano! ¿Vamos?
Tengo un carruaje de alquiler esperando. Pide al maletero que lleve tu equipaje.
Espera a ver este lugar. ¡Whitby es una delicia!
En efecto, mientras nos alejábamos de la estación me quedé maravillada con la
preciosa vista que tenía desde la ventanilla del carruaje. La suave brisa estaba
impregnada del salobre olor del mar y las gaviotas volaban en círculo. Justo debajo
de nosotros, el río Esk se abría paso entre dos verdes valles en pendiente,
discurriendo por un ajetreado puerto en su camino al mar. El cielo, de un vívido azul
y colmado de esponjosas nubes, conformaba un encantador contraste con las casas de
rojos tejados de la vieja ciudad, que estaban todas apiñadas, una sobre otra, a lo largo
de la escarpada ladera.
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—¡Qué maravilla de ciudad!
—Es cierto. Me alegró mucho que mamá decidiera ir a algún lugar nuevo este
verano. Me he hartado de Brighton y Sidmouth.
—Has sido muy amable invitándome a venir con vosotras de nuevo. —Tomé una
de las manos enguantadas de Lucy y se la apreté afectuosamente—. Ahora que ya no
doy clases y que he dejado mi habitación del colegio para siempre, no sé adónde más
podría haber ido este verano.
—No se me ocurriría pasar estas vacaciones con nadie más, querida Mina.
¡Vamos a divertirnos muchísimo! Dicen que pueden darse agradables paseos y que
puedes alquilar barcas y remar por el río.
—¡Oh! Me encanta remar.
—Y mira al otro lado del río, ¿ves aquel largo sendero que asciende en curva? Al
parecer conduce hasta la iglesia y a aquella abadía en ruinas que hay en la cima. Me
muero de ganas de explorar, pero desde que llegamos ayer, mamá se ha sentido
demasiado agotada para dejar la casa de huéspedes y sin deseos de subir la montaña.
Ahora que estás aquí podemos dar largos paseos juntas y verlo todo.
—¿Acaso está enferma?
—No. Al menos no lo creo. Lo que sucede es que últimamente parece fatigarse
con facilidad y un ascenso pronunciado la dejaría sin aliento. Espero que el aire del
mar le haga bien. Bueno —agregó emocionada—, ¿qué te parece mi anillo de
compromiso?
Se retiró el guante y me acercó la mano. Contuve el aliento mientras estudiaba la
alianza de oro engastada con perlas que adornaba su delicado dedo.
—Es precioso, Lucy.
—Déjame ver el tuyo.
—Yo no tengo anillo de compromiso —reconocí—. Pero justo antes de que
Jonathan se marchara de viaje, se enteró de que había aprobado los exámenes. ¡Ya no
es oficinista, sino abogado! Prometió comprarme un anillo en cuanto regrese.
—¿Habéis intercambiado por lo menos un mechón de cabello?
—¡Por supuesto! Guardamos los mechones en pequeños sobres, por ahora.
—Arthur y yo guardamos los nuestros en relicarios gemelos; él lo lleva colgado
de la cadena del reloj. Pero yo no suelo ponerme el mío tan a menudo desde que me
regaló esto. —Con una sonrisa jovial Lucy jugueteó con el lazo negro de terciopelo
que llevaba al cuello y que estaba adornado con un broche de diamantes.
—Llevo admirando tu collar desde que he bajado del tren. Es verdaderamente
exquisito.
—El broche de diamantes pertenecía a la madre de Arthur. Lo adoro. Raras veces
me lo quito, salvo cuando voy a dormir.
Llegamos a una bonita casa en Royal Crescent, espaciosa y antigua, dirigida por
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la viuda de un capitán, en la que Lucy y su madre se alojaban. Me ocupé de que
subieran mi equipaje al dormitorio que Lucy y yo íbamos a compartir. Dado que la
señora Westenra continuaba durmiendo y que era demasiado pronto para cenar, las
dos cogimos nuestros sombreros y sombrillas y nos dispusimos a explorar Whitby.
—¿Qué noticias tienes de Jonathan? —me preguntó mientras pasábamos por
North Terrace disfrutando de la vista del mar y de la agradable brisa veraniega—.
¿Has recibido otra carta?
Dejé escapar un suspiro de inquietud.
—No he sabido nada de él desde hace un mes. Estoy muy preocupada.
—Un mes no es tanto tiempo entre una carta y otra.
—Lo es para Jonathan.
Durante los últimos cinco años, Jonathan había trabajado como pasante en
prácticas en Exeter con un buen amigo de su familia, el señor Peter Hawkins, el
mismo hombre que había financiado su educación. A finales de abril, el señor
Hawkins había enviado a Jonathan como representante suyo a una región del este de
Europa, Transilvania, para que se reuniera con un aristócrata llamado conde Drácula,
en nombre del cual había efectuado una transacción inmobiliaria. Jonathan estaba
emocionado, pues siempre había anhelado viajar, pero nunca había dispuesto de los
medios para salir del país hasta el momento.
—Durante todos estos años, Jonathan y yo hemos mantenido correspondencia con
gran regularidad, en ocasiones dos veces por semana. Cuando partió recibía abultadas
cartas en las que me hablaba sobre la travesía, sobre todas las cosas que estaba
viendo, sobre las gentes que conocía y sobre las nuevas comidas que cataba. De
pronto cesó toda comunicación. Ignoraba si había llegado a Transilvania y pensé que
podría haberle sucedido algo. Obtuve las señas del conde Drácula gracias al señor
Hawkins y escribí a Jonathan a esa dirección. Al final recibí una nota, pero era
escueta y apresurada, solo unas pocas líneas en las que me decía que su trabajo casi
había concluido y que emprendería el regreso al cabo de unos días. Le respondí de
inmediato para informarle de mis planes de viajar, de modo que pudiera escribirme
aquí, a Whitby. Pero ha pasado otro mes y sigo sin recibir respuesta. ¿Qué puede
haberle sucedido?
—Tal vez se haya demorado en Transilvania más de lo previsto, o haya decidido
visitar los lugares de interés turísticos de camino a casa.
—De ser así, ¿por qué no ha escrito? ¿Por qué no ha respondido a mi última
carta?
—A menudo el correo se extravía, Mina, y puede tardar años en llegar si ha de
viajar de un país a otro. Créeme, Jonathan está bien. Tendrás noticias suyas en
cualquier momento. Él no querría que te preocuparas. Lo que le gustaría es que
disfrutases de las vacaciones.
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Suspiré de nuevo.
—Supongo que tienes razón.
Bajamos un empinado tramo de escalera que conducía al embarcadero y dejamos
atrás la lonja de pescado, donde los pescadores y sus esposas estaban parados junto a
las hileras de barcos amarrados, pregonando las últimas capturas del día a unos pocos
buscadores de gangas vestidos de forma anodina. Los graznidos de las aves marinas,
el sonido del agua meciéndose y las velas agitándose con la brisa flotaban en el
ambiente; el olor salobre del mar y los del pescado fresco y del cáñamo húmedo eran
tan penetrantes que casi podía saborearlos.
—Me encanta la costa —exclamé animada por la alegre disonancia de imágenes,
sonidos y olores que nos rodeaban—. Bueno, ahora cuéntamelo todo, Lucy. ¿Cómo
es tu señor Holmwood? ¿O debería decir el futuro lord Godalming?
—¡Oh! Arthur es un verdadero encanto. Ha prometido venir de visita muy pronto.
Le echo mucho de menos cuando estamos separados.
—¿Habéis fijado ya la fecha de la boda?
—No, pero mamá insiste en que nos casemos pronto, tal vez a principios de
septiembre. He de reconocer, y espero que no te moleste que lo haga ante ti, que
septiembre me parece espantosamente pronto. Hace tan solo dos meses que acepté la
proposición de Arthur. Todavía no me he hecho a la idea de que voy a casarme.
Miré a Lucy sorprendida.
—En tus cartas decías que estabas locamente enamorada de Arthur y muy
emocionada con vuestro compromiso.
—¡Y así es! Amo a Arthur. Es tan alto y apuesto, y tiene un cabello rizado
precioso. Tenemos mucho en común y mamá le adora. Sé que es el hombre perfecto
para mí y soy muy feliz.
Habíamos cruzado el puente del río, único modo de llegar a East Cliff. Una vez
en la otra orilla, comenzamos a subir un nuevo y larguísimo tramo de escalera, la
misma que Lucy me había señalado desde el carruaje, que ascendía la ladera en una
delicada curva desde la ciudad hasta la abadía y la iglesia en ruinas que se alzaban en
la cima.
—Si eres feliz, Lucy —le dije mientras avanzábamos—, ¿por qué pareces tan
preocupada?
—¿Parezco preocupada? —Lucy frunció el ceño de ese modo dulce que tan bien
había llegado a conocer—. ¡No es mi intención! Lo que sucede es que me entristece
un poco darme cuenta de que estas van a ser las últimas vacaciones que pasemos
juntas, Mina, tú y yo solas, y que muy pronto ya nadie pensará en mí como en una
joven casadera, sino como en una mujer casada, seria y vieja. ¡Disfruto tanto siendo
joven, admirada y deseada por tantos hombres diferentes! ¡Y pensar que todo ha
acabado y aún no he cumplido veinte años!
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Contemplé la expresión de desdicha del bello rostro de Lucy y reprimí el impulso
de romper a reír.
—Mi queridísima Lucy —le dije cogiéndome de su brazo—, me gustaría
compadecerte, pero me temo que nunca he experimentado la emoción de la que
hablas. Solo he tenido un pretendiente: Jonathan. No todas recibimos proposiciones
matrimoniales de tres hombres distintos en un mismo día.
Lucy negó con la cabeza desconcertada.
—¡Todavía sigo sin dar crédito cada vez que recuerdo aquel día! De veras,
cuando Dios da, da a manos llenas. Nunca había tenido ninguna proposición antes del
veinticuatro de mayo, al menos no en firme, pues la vez que William Russel escondió
un anillo en mi porción de pastel cuando tenía nueve años no cuenta, ni aquel día que
Richard Spencer me besó en el campo detrás del colegio y me pidió que le prometiera
que me casaría con él. Por entonces no era más que una niña y ellos no eran más que
atolondrados muchachos. Desde que nos mudamos a Londres muchos han sido los
hombres que me han admirado, pero ninguno se había acercado para declararse, y
luego, de repente ¡tres proposiciones a la vez!
Lucy me había escrito contándome los pormenores de tan extraordinario día. El
doctor John Seward, un excelente médico joven, se había pasado a visitarla por la
mañana para confesarle su amor y pedirle la mano. Tras él llegó otro pretendiente —
un rico americano de Texas llamado señor Quincey P. Morris, que era amigo íntimo
del doctor y del señor Holmwood— que realizó la misma ferviente proposición justo
después del almuerzo. Lucy, abrumada por el remordimiento, se había visto obligada
a explicar que debía rehusar sus ofertas porque estaba enamorada de otro hombre.
Esa misma tarde, Arthur Holmwood se las había arreglado para conseguir estar un
momento a solas con ella para proponerle matrimonio y Lucy aceptó con entusiasmo.
—Debió de ser una sensación maravillosa —dije—, descubrir que tantos hombres
buenos, nobles y respetables te adoraban.
—Fue maravilloso… y, sin embargo, terriblemente desagradable al mismo
tiempo. No me figuro cómo el doctor Seward y el señor Morris decidieron que
estaban enamorados de mí; cada vez que venían de visita me veía obligada a
sentarme como una boba, sonreír como una niña buena y ruborizarme con modestia
cada vez que hablaban mientras mamá llevaba el peso de la conversación. Algunas
veces deseaba gritar de frustración, pues todo era demasiado pueril. Aunque me
agradaban. Cuando nos quedamos solos al fin, cada uno de ellos me abrió su alma y
su corazón. ¡Tuve que despedir a dos de ellos, sombrero en mano, sabiendo que iban
a salir de mi vida para siempre! Me eché a llorar al ver la expresión del doctor
Seward, pues parecía realmente abatido y descorazonado. Cuando le dije al señor
Morris que había otro hombre, me respondió con ese encantador acento texano,
«querida, tu honestidad y coraje me han convertido en un amigo, y eso es más raro
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que un amante». Dijo un montón de cosas nobles y valerosas sobre su rival, sin tan
siquiera saber que era Arthur, su mejor amigo. Luego… ¿Te he contado lo que el
señor Morris me pidió que hiciera antes de marcharse?
—¡Sí! Te pidió que le besaras, para ayudarle a amortiguar el golpe, supongo… ¡Y
tú lo hiciste! —Nos detuvimos a medio camino para recobrar el aliento y la miré—.
Lo reconozco, me sorprendí un poco.
—¿Por qué?
—¡Lucy, no puedes ir por ahí besando a todos los hombres que pidan tu mano
solo porque sientes pena por ellos!
—No fue más que un beso. ¡Oh, Mina! ¿Por qué no dejan que una muchacha se
case con tres hombres, o con tantos como desee, y se ahorre todos estos disgustos?
Rompí a reír y abracé a Lucy.
—Mira que eres boba. ¿Casarse con tres hombres? ¡Menuda idea!
—Me sentí muy mal por tener que hacer tan infelices a dos de ellos.
—Si estuviera en tu lugar, no perdería más el tiempo preocupándome por el
doctor Seward y el señor Morris —dije mientras reanudábamos la marcha—. Con el
tiempo se recobrarán de la decepción y encontrarán a otras jóvenes que adorarán el
suelo que ellos pisen.
—Eso espero, porque creo que todo el mundo merece sentir la felicidad que yo he
hallado con Arthur y que tú compartes con Jonathan.
—Yo también lo creo. Ser esposa, ser la esposa de Jonathan, pasar nuestras vidas
juntos, ayudarle con su trabajo, convertirme en madre, es todo cuanto siempre he
deseado.
Lucy guardó silencio durante un momento y a continuación añadió:
—Mina, ¿siempre te has sentido así?
—Así, ¿cómo?
—Sé que Jonathan y tú sois amigos de toda la vida… pero no lo habías
considerado como pretendiente hasta hace poco. ¿Alguna vez has pensado en otro
hombre antes de Jonathan?
—No, nunca.
—¿Nunca? Desde que yo dejé el colegio debió de haber algún joven u hombre
que te gustase y al que le gustases… ¿Alguien de quien nunca has hablado?
—Si lo hubiera habido lo sabrías, Lucy. Siempre te lo he contado todo.
—Eso no puede ser. Una joven ha de tener algunos secretos. —Lucy agitó las
pestañas de forma juguetona. Luego se echó a reír y añadió—: Espero que sepas que
estoy bromeando, Mina. Yo tampoco te he ocultado secretos, ni a ti ni tampoco a
Arthur. Mamá dice que la honestidad y el respeto son lo más importante en un
matrimonio, incluso más que el amor. Y yo estoy de acuerdo… ¿Qué opinas tú?
—También lo estoy. Jonathan y yo detestamos el secretismo y los tapujos. Hace
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mucho hicimos un pacto solemne: que siempre seríamos completamente sinceros el
uno con el otro; una promesa que nos parece de suma importancia ahora que vamos a
convertirnos en marido y mujer.
—Así es como debería ser.
Habíamos coronado la escalera y pasamos tranquilamente junto a la iglesia de
Saint Mary, un edificio de piedra similar a una fortaleza, con una sólida torre y tejado
almenado, cuyo resistente exterior parecía diseñado para sobrevivir a las agresiones
de la tempestuosa climatología del mar del Norte. Nuestra expedición nos llevó a las
inmensas y magníficas ruinas adyacentes de la abadía de Whitby, lóbregas e
imponentes, situadas en extensos pastos verdes y rodeadas de campos salpicados de
ovejas. No pudimos evitar mirar admiradas su belleza ni contemplar la magnífica
nave sin tejado, el altísimo crucero sur y las delicadas ventanas ojivales del extremo
oriental de la antigua capilla de la abadía.
—Antes de venir leí algo acerca de la maravillosa leyenda que pesa sobre esta
abadía —dijo—. Se dice que durante ciertas tardes de verano, cuando el sol cae sobre
la parte norte del coro en un ángulo determinado, puede verse a una dama vestida de
blanco en una de las ventanas.
—¿Una dama vestida de blanco? ¿Quién puede ser?
—Algunos creen que se trata del fantasma de santa Hilda… la princesa sajona
que fundó la abadía donde había habido un monasterio en el siglo siete, que busca
vengarse de los vikingos que saquearon su espléndido edificio.
—¡Un fantasma! —exclamó Lucy con una carcajada—. ¿Crees en los fantasmas?
—Desde luego que no. Seguro que la visión no es más que un reflejo provocado
por los rayos del sol.
—Bien, pues yo prefiero la leyenda. Es mucho más romántica.
Dejamos la abadía y volvimos sobre nuestros pasos, saliendo a una zona abierta
entre la iglesia y el acantilado, que estaba repleta de lápidas erosionadas.
—Santo cielo —dije—. Qué camposanto tan inmenso… ¡Y menuda vista!
En efecto, el cementerio que rodeaba la iglesia era verdaderamente amplio y
estaba bien situado.
Emplazado de forma dramática en lo alto del escarpado precipicio, daba a la
ciudad y al puerto por un lado y al mar por el otro. Parecía ser un lugar muy popular.
Más de dos docenas de personas paseaban a lo largo de la serie de caminos que lo
atravesaban o estaban sentadas en los bancos dispuestos junto a los senderos,
admirando la vista y disfrutando de la brisa.
La vista nos atrajo como un imán. Nos encaminamos directamente hasta el
mirador, donde encontramos un banco de hierro pintado de verde, situado cerca del
borde del precipicio. Allí nos sentamos. El asiento proporcionaba una magnífica
imagen panorámica de la ciudad y del puerto, del infinito y resplandeciente mar, de
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los rompeolas, de dos faros y de la amplia playa arenosa que se extendía a lo largo de
la bahía, allá donde el cabo se adentraba en el mar. A nuestro lado dos pintores
trabajaban en sus caballetes; detrás, ovejas y corderos balaban en los prados. Oí el
repicar de los cascos de un burro que ascendía el camino pavimentado y el murmullo
de las conversaciones de los transeúntes; pero, por lo demás, se respiraba paz y una
completa quietud.
—Creo que es el lugar más bonito de Whitby —declaré.
—Estoy totalmente de acuerdo contigo —repuso Lucy—, y este es el mejor banco
de todos. Por tanto, lo reclamo como nuestro y de nadie más.
—Me parece —dije con una sonrisa alegre— que debería subir aquí más a
menudo para leer o escribir.
Si entonces hubiera sido consciente de los sucesos que se desencadenarían en ese
preciso lugar, que alterarían de forma funesta el destino de Lucy e influirían de un
modo dramático e inexorable en el mío, habría dado media vuelta e insistido en que
nos marcháramos sin demora de Whitby. Al menos me gusta creer que habría tenido
el coraje de hacerlo. Pero ¿cómo iba a imaginar lo inimaginable? En particular
cuando todo comenzó de forma tan inocente.
Durante mi primera noche en Whitby, Lucy comenzó a caminar dormida.
† † †
Pasamos una velada sumamente agradable. Después del paseo, Lucy y yo regresamos
a la casa en Royal Crescent, donde disfrutamos de una cena temprana con la señora
Westenra. Aquella buena mujer estaba de un humor excelente y me dio una calurosa
bienvenida. Después, mientras Lucy y su madre salían a hacer algunas visitas de
compromiso a conocidos que tenían en la zona, yo me escabullí al acantilado de
nuevo, y allí pasé una maravillosa hora sentada en nuestro banco, escribiendo mi
diario.
Sin embargo, no mucho después de que Lucy y yo nos retirásemos a nuestra
habitación y nos quedásemos dormidas, me despertó un crujido. La noche era cálida y
habíamos dejado abiertos los postigos y las ventanas. Cuando abrí los ojos, medio
adormilada, vi en medio del resplandor de la luna que iluminaba el dormitorio que
Lucy se había levantado de la cama y se estaba vistiendo.
—¿Lucy? ¿Qué sucede? ¿Por qué te levantas?
Mi amiga no respondió, pero continuó abotonándose las enaguas. Tenía los ojos
desmesuradamente abiertos y la vista perdida. Lucy tomó una falda del guardarropa y
comenzó a ponérsela.
—¡Lucy! —Me levanté y crucé descalza la habitación hasta que llegué a su lado
—. ¿Por qué te vistes?
Una vez más, no obtuve respuesta; Lucy no parecía ser siquiera consciente de mi
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presencia.
Comprendí de inmediato lo que sucedía.
Había presenciado tan peculiar comportamiento por parte de Lucy en anteriores
ocasiones, años atrás, cuando estábamos en el colegio. Una noche que estaba
nevando, se levantó de la cama y salió descalza, vestida solo con el camisón; por
fortuna un sirviente la encontró antes de que muriese congelada, hizo que se calentara
junto la chimenea y la llevó de vuelta a la cama. En otra ocasión, Lucy se puso su
mejor abrigo y su sombrero y bajó las escaleras hasta la cocina, donde se tomó una
gran porción de tarta de manzana y un vaso de leche antes de ser descubierta. A la
mañana siguiente solo tenía un vago recuerdo de dichos incidentes, o no se acordaba
de nada en absoluto.
—Lucy, querida —dije apoyándole las manos en los hombros y mirando sus ojos
sin expresión—, todavía es de noche. Debes volver a la cama. Déjame que te ayude a
desvestirte.
Para alivio mío, no opuso resistencia. El sonido de mi voz, o quizá el contacto de
mis manos, hizo que cediera y me obedeció. Me las arreglé para desvestirla, le puse
de nuevo el camisón y la acosté sin despertarla.
Durante el desayuno, a la mañana siguiente, Lucy era la misma de siempre y
parloteó animadamente como si la noche anterior no hubiera sucedido nada fuera de
lo habitual. Riendo suavemente, les conté a Lucy y a su madre el episodio que había
tenido lugar.
—¿Sonámbula? —respondió Lucy con una carcajada de sorpresa mientras untaba
la tostada con mantequilla y mermelada—. Ha pasado mucho tiempo desde la última
vez.
A diferencia de nosotras, la señora Westenra no encontró las noticias divertidas.
—Ay, Señor —dijo frunciendo la pálida frente con preocupación a la vez que
jugueteaba con el collar de perlas que llevaba al cuello—. Siempre me ha inquietado
ese viejo hábito tuyo, Lucy. Pensar que te vuelve ahora, nada menos, cuando nos
encontramos en este extraño y nuevo lugar.
La señora Westenra era una mujer de baja estatura, de figura rechoncha y tenía
cuarenta y cinco años. Era fácil ver de quién había heredado la belleza su hija, pues
ambas poseían los mismos rasgos atractivos, idénticos ojos azul oscuro, cabello
rizado y una delicada tez marfileña.
—Ha heredado esa tendencia de su padre —añadió volviéndose hacia mí—.
Edward solía levantarse por las noches y se vestía para salir si no le despertaba a
tiempo para impedírselo. Una noche en la ciudad, un bobby lo encontró deambulando
por Saint James’s con su mejor traje de los domingos. En otra ocasión, en el campo,
bajó la caña al río a las dos de la madrugada y se fue a pescar.
Lucy se echó a reír.
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—Lo recuerdo. Pobre papá. —Su sonrisa se esfumó y se le empañaron los ojos
mientras tomaba un sorbo de chocolate—. Oh, cuánto le echo de menos.
—Tu padre era un hombre maravilloso —convino la señora Westenra. Luego
sacudió la cabeza con pesar y continuó—: Nunca pensé que me dejaría sola de este
modo. Creía que yo sería la primera en fallecer. Pobre Edward. —Los ojos se le
llenaron repentinamente de lágrimas y alargó la mano por encima de la mesa para
coger la de su hija—. Gracias a Dios que Lucy ha estado en casa conmigo durante
este último año y medio. No sé cómo voy a seguir adelante cuando se haya casado.
Lucy colocó la otra mano sobre la de su madre y la miró a los ojos.
—Mamá, lo harás muy bien. Arthur y yo no viviremos lejos e iremos a visitarte
tan a menudo que apenas te darás cuenta de que me he ido.
La señora Westenra se enjugó los ojos con la servilleta.
—Eso espero, cariño. Soy muy feliz por ti, Lucy, y confío en que tú también lo
seas.
Las dos mujeres intercambiaron una sonrisa afectuosa. Noté la cálida sensación
de afecto que irradiaban y al mismo tiempo, y a mi pesar, una pequeña punzada de
envidia. Una de mis mayores penas en la vida era no haber conocido la dicha de tener
el amor de un padre o de una madre. El oscuro estigma de mi pasado había sido una
fuente de mortificación desde que me enteré de todo siendo niña, y aún me sonrojo de
vergüenza cada vez que pienso en ello.
—Hablemos de la boda —propuso la madre de Lucy recuperando el ánimo
mientras tomaba un delicado bocado de huevos revueltos—. Creo que Arthur y tú
deberíais casaros lo antes posible.
—¿A qué tanta prisa, mamá? Los compromisos prolongados son muy comunes.
Incluso papá y tú esperasteis un año para casaros, ¿no es así?
—Sí, pero nuestras circunstancias eran diferentes. Tu padre luchaba por abrirse
paso en el mundo financiero y deseaba que todo estuviera encauzado antes de que nos
casáramos. Arthur no se halla sujeto a tales limitaciones financieras. Es muy rico.
Siendo hijo único, un día heredará Ring Manor y todas las propiedades y posesiones
de su padre. No hay razón para que esperéis —alegó la señora Westenra con tal
apremio que presentí que podría haber un motivo oculto tras su deseo de ver a Lucy
casada con tanta prisa; pero ella se limitó a añadir—: En cualquier caso, septiembre
es un mes precioso para una boda.
—Bien, esperaré y veremos qué dice Arthur cuando llegue —repuso Lucy con
dulzura.
—Y ¿qué me dices de ti, Mina? —inquirió la mujer—. ¿Cuándo y dónde os
casaréis Jonathan y tú? ¿Habéis hecho planes?
Vacilé, pero respondí con aire solemne al cabo de un instante:
—Hemos hablado de casarnos en Exeter a finales de verano. Algo muy sencillo,
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naturalmente, pero ahora tengo dudas. —Le hablé sobre el viaje de negocios de
Jonathan a Transilvania, la demora en su regreso y lo mucho que había pasado desde
que había tenido noticias suyas—. Hay algo en su última carta que no me satisface.
Es su letra y, sin embargo, no parece él.
—¿Has escrito a su jefe? —preguntó la señora Westenra.
—Sí. El señor Hawkins tampoco ha recibido noticias.
Lucy y su madre procuraron por todos los medios despejar mis temores pero,
dadas las circunstancias, no había mucho que pudieran decir. Después de desayunar,
Lucy propuso que fuéramos de nuevo a dar un paseo a East Cliff. Su madre, que
parecía fatigada con solo pasear del comedor a la sala, nos rogó que la excusáramos.
No obstante, antes de que pudiéramos salir, la señora Westenra me llevó aparte y me
dijo en privado, con voz baja y teñida de desasosiego:
—Mina, no he querido decir nada delante de Lucy, pero estoy muy preocupada
por ella.
—¿Por qué?
—Es ese viejo hábito suyo de caminar dormida. Puede resultar muy peligroso. No
le comentes nada de esto, pero debes prometerme que estarás pendiente de ella y
cerrarás la puerta de la habitación con llave cada noche, para que no pueda salir.
Le prometí solemnemente que así lo haría, creyendo firmemente que podría
proteger a Lucy de todo mal. ¡Ah! ¡Qué equivocada estaba!
† † †
Aquella tarde, Lucy y yo regresamos al cementerio de la cima de East Cliff, donde
charlamos con un antiguo marinero llamado señor Swales, que decía tener cerca de
cien años. Sus dos viejos compañeros y él estaban tan encandilados con Lucy que se
sentaron junto a ella unos momentos después de que nos acomodáramos en nuestro
banco favorito. Lucy hizo preguntas corteses acerca de sus aventuras en el mar a
bordo de la flota pesquera Greenland y sus días de gloria durante la batalla de
Waterloo.
Yo estaba más interesada en el tema de las leyendas locales, pero cuando encaucé
la conversación hacia ese tema, el viejo señor Swales insistió en que todas esas
historias sobre la dama vestida de blanco que se aparecía en la ventana de la abadía
no eran más que disparates.
—Tan solo son bobadas para excursionistas y esa clase de gente —se mofó el
anciano—. No haga caso, señorita. Si le gustan los cuentos, del tipo que sea, yo le
contaré algunas buenas historias que son verídicas.
El marinero procedió a relatar con todo lujo de detalles varias historias sobre la
ciudad y el cementerio. Lucy se alteró cuando el hombre señaló que la lápida que se
encontraba a nuestros pies, sobre la que descansaba nuestro asiento favorito, era la
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tumba de un hombre que se había suicidado. El señor Swales le aseguró que llevaba
sentándose en él desde hacía más de veinte años y no le había hecho ningún daño.
Cuando regresamos a la casa de huéspedes, nuestra casera, la señora Abernathy,
nos dijo que había llegado una carta para mí. El corazón me dio un vuelco por la
emoción. Reconocí la letra de inmediato; era del jefe de Jonathan, el señor Peter
Hawkins. Incapaz de esperar hasta que llegásemos al dormitorio, abrí el sobre
enseguida. Con gran alivio, vi que el bondadoso hombre adjuntaba una carta que
había recibido de Jonathan.
—¿Lo ves? —gritó Lucy estirando el cuello para intentar ver la misiva anexa
mientras la leía—. Te dije que Jonathan escribiría. ¿Qué dice?
Se me cayó el alma a los pies. Era la letra de Jonathan, pero había anhelado
recibir palabras de consuelo y una explicación a su prolongado silencio. En cambio,
la carta enviada a su jefe era devastadoramente decepcionante:
Castillo de Drácula, 19 de junio, 1890.
Apreciado señor:
Escribo para informarle de que he concluido de forma satisfactoria el
asunto que me encomendó y que tengo intención de emprender el regreso a
casa mañana, pero posiblemente me tomaré unas vacaciones por el camino.
Atentamente, su servidor,
J. HARKER
—Un párrafo —dije con voz queda mientras le pasaba la carta a Lucy—. Un solo
párrafo. No es propio de Jonathan.
—¿A qué te refieres? Escribió al señor Hawkins, no a ti. Creo que es muy conciso
y profesional.
—De eso se trata. El señor Hawkins es más un padre para Jonathan que un socio
de negocios.
Ambos le conocemos desde que éramos niños. Jonathan jamás se dirigiría a ese
hombre con un tono tan profesional.
—Tal vez tuviera prisa. Y mira, dice que tiene planeado tomarse unas vacaciones
de camino a casa.
—Aunque Jonathan se hubiese detenido en algún lugar, hace días que debería
haber llegado. Y ¿por qué le escribe al señor Hawkins y no a mí? Le envié mis señas
aquí, en Whitby. —Un repentino temor me atenazó el estómago y dominó mis
sentidos de tal forma que me vi obligada a tomar asiento en una silla cercana—.
¿Crees que es posible que… podría Jonathan haber conocido a otra mujer durante el
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viaje? ¿Es esa la razón de su silencio?
—¿Otra mujer? —espetó Lucy horrorizada—. ¡Nunca! Jonathan te es fiel, Mina
Murray. Está muy enamorado de ti y sois las dos personas más leales que he conocido
en mi vida. Jamás se le ocurriría mirar a otra mujer, te lo aseguro.
—¿De verdad lo crees?
—De hecho, lo sé. Te casarás con Jonathan, Mina. Estoy convencida de que hay
una sencilla razón para su silencio y la conocerás a su debido tiempo. Volverá a casa
contigo, te lo prometo.
† † †
Pasaron casi quince días sin que tuviera más noticias de Jonathan, lo que me
mantenía en un estado de suspense que era verdaderamente espantoso. Sin embargo,
Lucy sí tuvo noticias de Arthur. Para su decepción, se veía obligado a posponer su
visita ya que su padre había enfermado, lo que significaba que nuestros planes de
remontar el río remando se retrasaban, y era algo que estábamos impacientes por
hacer.
Para empeorar las cosas, Lucy continuaba caminando sonámbula de vez en
cuando. En cada ocasión me despertaba al oírla trajinar por el cuarto, resuelta a
encontrar un modo de salir de él.
Ahora dormía con la llave atada a la muñeca. A pesar de esto, disfrutábamos de
los días que pasábamos juntas, recorriendo la ciudad, subiendo al acantilado o dando
largos paseos hasta los preciosos pueblos cercanos. Pese a que teníamos cuidado de
llevar siempre el sombrero, la señora Westenra comentó con satisfacción que las
pálidas mejillas de Lucy habían adquirido un atractivo tono rosado.
El 6 de agosto el tiempo cambió. El sol se ocultó tras densas nubes, el mar azotó
violentamente la arena de la playa y una densa bruma gris lo envolvió todo.
—Se avecina una tormenta, y de las grandes, recuerde mis palabras —dijo el
viejo señor Swales cuando se sentó a mi lado en el banco del cementerio aquella
tarde. Era un anciano encantador, pero aquel día, mientras divagaba, parecía
totalmente obsesionado con el tema de la muerte. Mirando al mar, me dijo con tono
ominoso—: Tal vez el viento que sopla en el mar traiga consigo pérdidas y ruina,
angustia y dolor, corazones rotos… ¡Mire! ¡Suena, parece, sabe y huele a muerte!
Sus palabras me pusieron los nervios de punta. Pese a que sabía que no pretendía
causar ningún mal, me alegré cuando se marchó. Dediqué un rato a escribir mi diario
y contemplé cómo los barcos pesqueros regresaban a toda prisa para refugiarse en el
puerto. Pronto mi atención se centró en un barco que se encontraba en el mar. Era un
velero de considerable tamaño que se dirigía rumbo al oeste hacia nuestra costa con
todo el velamen desplegado, pero se agitaba de forma extraña de un lado a otro, como
si cambiara de dirección con cada soplo del viento.
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Cuando el guardacostas se acercó tranquilamente con su catalejo, se detuvo a
hablar conmigo sin dejar de mirar en ningún momento aquel mismo barco.
—Por su aspecto, es ruso —me dijo—, pero no parece decidirse y se sacude
violentamente de forma extraña. Da la impresión de que vea cómo se avecina la
tormenta, pero que no consiga decidir si dirigirse al norte o quedarse aquí.
El día siguiente amaneció frío y nublado, y el velero desconocido seguía ahí,
meciéndose suavemente sobre el ondulado mar y con las velas agitándose
inútilmente. Aquella tarde, después de tomar el té, Lucy y yo regresamos a la cima
del acantilado para unirnos a una numerosa concurrencia que observaba con
curiosidad el barco, así como la puesta del sol —una vista tan hermosa, con sus
masas de nubes en todos los tonos del crepúsculo, del rojo al púrpura, el violeta, el
rosa, el verde, el amarillo y el dorado—; parecía imposible creer que aquel mal
tiempo pudiera ser inminente.
Sin embargo, al llegar la noche, el aire se quedó misteriosamente inmóvil. A
medianoche, cuando Lucy y yo estábamos a salvo en la cama, se oyó un débil y sordo
estruendo procedente del mar y, de repente, se desató una virulenta tormenta. La
lluvia caía con fuerza, golpeando el tejado, los cristales de las ventanas y los
sombreretes de las chimeneas. Cada trueno que restallaba sonaba igual que la lejana
detonación de una pistola y hacía que me sobresaltase. Estaba demasiado nerviosa
para dormir, y durante muchas horas oí a Lucy dando vueltas en la cama. Finalmente
conseguí dormirme, aunque lo hice de forma intermitente y tuve un extraño sueño.
Tal vez posea una imaginación demasiado desbordante, quizá es algo que llevo en
la sangre, pero soy propensa a soñar con increíble viveza… y desde que era niña he
soñado cada noche durante todo el tiempo. Siempre que despierto puedo recordar el
sueño que he estado teniendo con perfecto detalle, y siempre necesito unos minutos
para convencerme de que no es real. Algunas veces mis sueños son fantasías tontas,
dulces y complicadas, que incorporan detalles del día que acabo de vivir; otras son
pesadillas, aterradoras manifestaciones de mis más oscuros miedos; pero, en
ocasiones, han resultado ser augurios o señales que me muestran lo que me deparará
el futuro.
Esa noche soñé que estaba otra vez en mi cuarto del colegio, solo que no era
donde había vivido y trabajado, sino que era un lugar que no reconocí. En el silencio
de la noche, iluminada por el resplandor de la brillante luna, vagaba por un largo y
frío pasillo en busca de algo; no sabía el qué.
Afuera soplaba un feroz viento entre las copas de los árboles, haciendo que los
aleros del edificio crujieran y chasquearan, y arrojando pavorosas sombras sobre las
paredes. Las baldosas del suelo estaba heladas bajo mis pies descalzos y yo temblaba
bajo mi camisón. Deseaba regresar al calor y a la seguridad de mi cama, pero no
podía; solo era capaz de avanzar, paso a paso, impulsada por una fuerza a la que no
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podía poner nombre.
De pronto una voz suave y profunda surgió de la oscuridad.
—¡Mi amor!
¿Era Jonathan quien me llamaba? ¿Estaba ahí por fin?
—¿Dónde estás, Jonathan? —grité al tiempo que echaba a correr por el largo y
tortuoso corredor, junto a muchas puertas cerradas.
—¡Mi amor! —oí de nuevo.
De repente me di cuenta de que no era Jonathan, sino una voz que no había oído
antes. Doblé una esquina sin aliento y me detuve en seco cuando una puerta se abrió
justo delante de mí. De aquella puerta salió una alta figura oscura. ¿Era un hombre o
una bestia? No podía estar segura. En el oscuro pasillo no conseguía distinguir los
rasgos de aquel ser; solo dos brillantes ojos rojos… una visión que me hizo ahogar un
grito de alarma.
Él, o ello, se aproximó y se detuvo ante mí pronunciando palabras con un tono
suave que me provocaron un escalofrío en la espalda, pero que al mismo tiempo
resultaban cautivadoras y extrañamente irresistibles:
—Vengo a buscarte.
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esperté sobresaltada, con el corazón martilleándome el pecho, y oí que la
tormenta aún arreciaba en el exterior. El sueño me había parecido muy
real; la imagen de la oscura figura sin rostro permanecía viva en mi
mente. ¿Quién… o qué era? ¿Por qué me llamaba «mi amor»? ¿Por qué
venía a buscarme? Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando oí movimiento en
la habitación.
Prendí una cerilla y descubrí a Lucy sentada en la cama, vestida con el camisón y
poniéndose las botas. Encendí la lámpara y me acerqué a ella.
—Lucy, querida. Debes volver a la cama.
—No —repuso apartándome de forma categórica sin despertarse—. He de ir. Él
viene a buscarme.
Me embargó una sensación de aprensión. ¿No acababa de oír esas mismas
palabras en mi sueño?
—¿Quién viene?
—¡Debo irme! —fue su única respuesta, y comenzó a atarse los cordones.
Tardé algún tiempo en convencer a Lucy de que, bajo ningún concepto, iba a
permitir que saliera del dormitorio. Ella no se despertó, pero continuó inquieta toda la
noche, levantándose en otra ocasión para vestirse. Qué extraño, pensé, cuando logré
meterla una vez más en la cama y yo también hice lo mismo, ¿era posible que Lucy y
yo hubiéramos tenido el mismo sueño?
—Nunca recuerdo nada de lo que sueño —dijo Lucy encogiéndose de hombros
cuando a la mañana siguiente le pregunté—. Tardo siglos en conciliar el sueño, pero
cuando lo hago, duermo como un tronco.
Bostecé con ganas, exhausta por los sucesos de la noche anterior, pero dado que
Lucy tenía un aspecto radiante y feliz cuando abrió los postigos para dejar entrar la
luz de la primera hora de la mañana, decidí no mencionar nada.
—¡Qué tormenta tan horrible! —prosiguió—. Gracias a Dios que ha acabado.
—El viejo señor Swales tenía funestos presagios acerca de la tormenta de ayer.
Espero que todos los barcos pesqueros estén intactos.
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—Vamos a verlo.
Nos vestimos deprisa, nos saltamos el desayuno y salimos con rapidez. El aire era
fresco y el cielo estaba despejado. El sol se asomaba de forma intermitente entre las
esponjosas nubes. Mientras corríamos calle abajo, sentí un repentino escalofrío y me
embargó una extraña sensación.
—¿Tienes frío? —pregunté a Lucy cuando la vi estremecerse.
—No —respondió—, pero he tenido una sensación muy rara, como si alguien
estuviera observándonos.
—¡Yo he sentido lo mismo!
Miramos a nuestro alrededor de inmediato. Los edificios a lo largo de la calle
estaban sumidos en sombras, pero la calle estaba desierta salvo por nosotras y otras
dos personas que caminaban con paso apretado en nuestra dirección hacia el
acantilado.
—No veo nada —dijo Lucy.
—Creo que la tormenta nos ha puesto los nervios a flor de piel. —Ambas nos
estremecimos y reímos; luego nos cogimos del brazo y nos dirigimos con premura al
puerto.
El mar continuaba embravecido, surcado por olas espumosas. Los pocos
parroquianos que pululaban por allí charlaban animadamente. Todos los barcos
pesqueros parecían estar bien amarrados; sin embargo, un gran buque de vela —el
mismo velero desconocido que había dado bandazos y que tanta curiosidad había
suscitado los días anteriores, según pude ver— había encallado junto al embarcadero
que sobresalía por debajo de East Cliff. Se encontraba escorado sobre la arena y la
grava en un ángulo peligroso, con las velas hechas jirones y los aparejos destrozados
en la cubierta y la arena.
—¡Qué barco tan hermoso! ¡Qué pena! —exclamé disgustada. A continuación me
volví hacia el hombre de barba roja y rostro curtido que estaba de pie a mi lado y le
pregunté—: ¿Sabe usted qué ha pasado?
—Así es —respondió con gravedad y dio una calada a su pipa—. La noche
pasada lo vi todo, a altas horas de la madrugada. Dicen que es un barco ruso llamado
Deméter. El guardacostas lo vio llegar envuelto en bruma y niebla, y le indicó que
redujera la velocidad en vista del peligro que corría, pero no obtuvo respuesta. La
nave continuó dando bandazos como si no hubiera nadie al timón. Entonces estalló la
tormenta con gran estruendo y durante un rato el barco se perdió de vista. De pronto
cambió el viento y ahí estaba de nuevo. Por algún milagro desconocido el velero se
dirigió directamente hacia el puerto, a tal velocidad que creí que podría acabar en
cualquier parte.
En realidad navegaba con la ligereza y la elegancia de una foca nadando bajo un
témpano de hielo, y luego embarrancó violentamente contra un banco de arena.
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Cuando el guardacostas subió a bordo del velero, el panorama que vio ante sus ojos
fue aterrador.
—¿Qué vio? —preguntó Lucy temerosa.
—Que el barco estaba gobernado por un hombre muerto —respondió, abriendo
los ojos desproporcionadamente bajo las espesas cejas.
—¿Un hombre muerto? —repetí—. ¿Cómo es posible?
—Ahí está el misterio, señorita, pues la tripulación al completo ha desaparecido,
y encontraron el cadáver del capitán amarrado al timón, balanceándose de forma
espantosa y aferrando un crucifijo con sus manos inertes.
—¡Oh! —gritamos Lucy y yo a la vez, atónitas y muy alarmadas.
—Al parecer el único superviviente era un perro.
—¿Un perro? —dije sorprendida.
El hombre asintió.
—Justo cuando el velero tocó tierra, un enorme perro saltó desde la proa y se fue
derecho al acantilado y desapareció. No se le ha vuelto a ver ni vivo ni muerto. Debía
de ser una bestia feroz, pues parece que se peleó con un perro del pueblo y lo mató;
un mastín mestizo que fue hallado en la calzada frente al patio de su dueño, con la
garganta y el vientre abiertos por obra de una garra salvaje.
—¡Oh! —exclamó de nuevo Lucy.
Yo tenía ganas de quedarme a escuchar, pero la última historia angustió tanto a
Lucy que insistió en que regresáramos a Royal Crescent de inmediato. Más tarde,
mientras desayunaba, Lucy dijo con el ceño fruncido:
—Estábamos pasando un día muy agradable y, ahora, ese horrible barco ha
aparecido con un… ¡con un hombre muerto al timón! Me estremezco solo de
pensarlo.
La señora Westenra, que no se sentía demasiado bien, sugirió que Lucy pasara el
día tranquila con ella para serenarse.
—Te has llevado un buen susto, querida, eso es todo. Dentro de unos días lo
habrás olvidado.
† † †
También yo me sentía turbada por la extraña aparición del barco encallado, pero no
pensaba dejar que eso me arruinara las vacaciones y tampoco quería pasar la jornada
encerrada en casa. A pesar de que el día se había nublado, todavía prometía ser
agradable, y sentí un intenso deseo de subir a mi rincón preferido en el acantilado
para leer y escribir un rato. Eché un vistazo a mi aspecto en el espejo, alisé el sencillo
conjunto de falda y chaqueta de piqué color amatista, enderecé la chorrera de la blusa
blanca y me aseguré de tener el rubio cabello bien sujeto dentro de mi sombrero de
paja. Satisfecha con mi aspecto, tomé un libro y mi diario, me despedí con un abrazo
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de mis amigas y me marché con una extraña sensación de expectación que era
incapaz de explicar.
Soplaba un fuerte viento cuando atravesé el cementerio, pasando entre las tumbas
dispersas, que estaban limpias por la lluvia caída la noche anterior. Inspiré
profundamente deleitándome con la mezcla de olores a grava, piedra, tierra y hierba
mojada. Por alguna razón, por segunda vez aquella mañana, me invadió la extraña
sensación de estar siendo observada; pero cuando miré a mi alrededor, tampoco en
esta ocasión pude percibir nada anormal.
Personas de toda clase y edad paseaban como de costumbre por allí, charlando y
sonriendo. De no ser por el sinfín de charcos que se habían formado en los hoyos a lo
largo de los márgenes del camino, nada indicaba que la noche anterior hubiera caído
una tormenta de proporciones épicas, y mucho menos que hubiera arrastrado consigo
un barco habitado por fantasmas.
Me alegró ver que mi banco preferido estaba vacío. Me senté y disfruté de la
hermosa estampa que tenía debajo. Los rayos del sol danzaban sobre el profundo mar
azul en constante movimiento y las olas, con sus altas crestas coronadas de espuma,
rompían contra las playas, los rompeolas y los lejanos cabos. Pensé en Jonathan;
rezaba porque estuviera a salvo y no hubiese cruzado el violento mar de la noche
anterior.
Justo cuando saqué la pluma y me disponía a escribir en mi diario, se levantó
viento y me voló el sombrero. Lo llevaba bien puesto en la cabeza pero, al cabo de un
instante, se alejó por el aire girando frenéticamente en círculos por el sendero.
Me levanté consternada y corrí tras él. A pesar de todos mis esfuerzos por
recuperarlo, se mantenía siempre unos centímetros fuera de mi alcance; resultaba
exasperante. El sombrero se dirigía directamente hacia la parte más peligrosa del
precipicio, la zona donde el muro de contención se había erosionado y algunas de las
lápidas quedaban proyectadas hacia el vacío, sobre la playa que había debajo. Me
detuve a unos pasos del borde, dando el sombrero por perdido, pues en unos
segundos saldría volando precipitadamente por los aires e iría en busca de su destino
bajo las profundidades del mar.
De pronto, una alta figura pasó junto a mí y agarró el sombrero, que se encontraba
justo en el borde del acantilado, en el preciso instante en que estaba a punto de
precipitarse al olvido. Jamás había visto a un ser humano moverse con semejante
velocidad, pero entonces, con una gran seguridad y la agilidad de una pantera, el
caballero volvió a mi lado y me entregó su botín.
—¿Es suyo este sombrero, señorita? —me preguntó con un tono de voz profundo
y cultivado, teñido con un ligerísimo y confuso acento extranjero.
Me quedé sin habla y me limité a mirarle. Era un caballero joven, no sobrepasaba
en mucho la treintena, pensé; alto, delgado y extremadamente atractivo, con una nariz
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bien proporcionada, dientes increíblemente blancos y bigote negro como su cabello.
Cuando me sonrió, me sentí cautivada por la fuerza de sus oscuros ojos azules,
penetrantes a la par que irresistibles. Iba vestido de manera impecable, con una levita
negra hasta las rodillas, corbata a juego, chaleco, pantalones y una nívea camisa
blanca, hecho todo a la medida para que se ajustase perfectamente a su magnífica
figura, y cuyos tejidos y confección proclamaban su acaudalado estatus. Su
complexión irradiaba salud; su rostro y figura, de hecho, encarnaban la viva estampa
de la belleza y el encanto varonil hasta tal punto que, por un momento, me pregunté
sin aliento si no sería fruto de mi imaginación.
Cuando nuestras miradas se encontraron, su rostro mostró fugazmente una
expresión que nunca antes me habían dirigido, ni siquiera Jonathan. Me contempló
con un interés tan apremiante, profundo y manifiesto que hizo que el corazón me
diera un vuelco.
—Gracias, señor —repuse cuando al fin fui capaz de hablar—. Le estoy muy
agradecida.
—Celebro haberle sido de ayuda.
El suave acento, decidí, era de origen europeo, pero su inglés era impecable. Hizo
una reverencia, quitándose brevemente el sombrero de copa negro sin apartar
aquellos penetrantes y fascinantes ojos de mí, como si estuviera sorprendido por la
fuerza de unos sentimientos inesperados.
Sabía que no debería entablar conversación con él. Era un desconocido y yo una
mujer soltera, tanto si estaba comprometido como si no, y no llevaba carabina. No
había más que un modo correcto de actuar y era plenamente consciente de ello: debía
devolverle el saludo en silencio y marcharme. Y sin embargo… no conseguía
animarme a hacerlo. En vez de eso estudié el sombrero que tenía en las manos, un
objeto sencillo, sin adornos salvo por un lazo blanco y un ramillete de flores.
—Ha sido muy valiente, señor al… al acercarse tanto al borde del precipicio solo
por un sombrero. Era muy peligroso —le dije.
Él pareció recobrar la compostura y me brindó una cálida sonrisa.
—Parecía ser un objeto que deseaba recuperar desesperadamente. No he pensado
en el peligro.
Mientras le miraba, de nuevo decidí que le rodeaba una enigmática aura de
peligro que le hacía parecer exótico y misterioso a la vez, pero me dije que el que me
resultara imposible dejar de mirarle tenía más que ver con el hecho de que fuera tan
sumamente atractivo que por algo en concreto sobre su persona.
—No es un sombrero caro, en modo alguno, como puede usted ver —repuse—,
pero hace mucho que lo poseo y le tengo aprecio. Y es más valioso porque… porque
es el único sombrero que he traído. «Santo Dios —pensé—. ¿Por qué balbuceo como
una tonta hablando de mi sombrero?».
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—Ah —respondió cuando comenzamos a desandar el camino que habíamos
recorrido—. ¿Supongo, entonces, que no vive en Whitby?
—No. Solo llevo aquí quince días. Estoy de vacaciones con una amiga mía y su
madre.
—Yo también soy forastero. Llegué ayer a Whitby.
—¿De dónde es, señor?
Él me miró y luego respondió:
—De Austria.
—He visto fotografías de Austria y no hay duda de que es un país precioso.
—En efecto, lo es. Pero también este es un lugar precioso, ¿no le parece? La vista
desde los acantilados es impresionante. El mar es hermoso, tan agitado, tan infinito.
Uno nunca se cansa de contemplarlo. En mi país no tenemos estas vistas.
—Siempre me ha gustado la costa, en cualquier época del año. Aunque si llegó
ayer, la tormenta de anoche ha debido de parecerle un recibimiento muy grosero.
—La tormenta… sí. Fue temible. —Cuando pasamos al lado de uno de los artistas
junto al precipicio, que estaba pintando el barco destrozado sobre la arena, el
caballero se detuvo brevemente para admirar la obra—. Su perspectiva es muy
interesante —le dijo al pintor—, y la elección de los colores resulta muy agradable a
la vista.
El artista reconoció el cumplido con una sonrisa y una inclinación de cabeza.
Justo entonces reparé en que el alfiler de mi sombrero se encontraba en el sendero de
grava junto al banco donde había estado sentada. Lo recogí rápidamente y me detuve
a atarme de nuevo el sombrero.
—¿Acaso esto es también suyo? —preguntó el caballero refiriéndose a mi libro y
a mi diario, que se encontraban en el suelo a unos pasos de distancia, con las páginas
agitándose por el viento.
—Sí, lo es.
Él los recogió y, cuando le sacudía el polvo a mi diario, las figuras curvadas,
garabatos y otros símbolos extraños escritos en la página abierta de mi cuaderno
llamaron su atención. Me sentí un poco avergonzada porque un desconocido viera mi
diario íntimo, pero aliviada al mismo tiempo por el inusual método que había elegido
para escribirlo.
—Discúlpeme si le pregunto con libertad, pero ¿está escrito en algún tipo de
taquigrafía o, como creo que lo llaman ustedes, estenografía?
—Así es —respondí sorprendida porque estuviese familiarizado con ese método
simbólico abreviado de escritura.
—Un sistema fascinante, ¿verdad?… tan antiguo como la piedra de la Acrópolis
de la Antigua Grecia. Permite escribir con mayor rapidez y brevedad, con la
velocidad con que habla la gente.
www.lectulandia.com - Página 30
—Sí, y al mismo tiempo ofrece completa privacidad, pues hace que sea ilegible
para la mayoría… por lo tanto es ideal para llevar un diario.
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